El incensario

Una mujer de Nagasaki llamada Kame era una de las pocas fabricantes de incensarios de la ciudad.

Uno de sus incensarios era una obra de arte que sólo se usaba en un salón de té o ante un santuario familiar. Su padre también había sido artesano de incensarios, y Kame había heredado tanto su oficio como su delicadeza.

A Kame le gustaba beber, fumar y conversar con hombres. Cuando reunía algo de dinero, invitaba a artistas, poetas, carpinteros y obreros, y alrededor de ellos iba formando sus diseños.

El alcalde de Nagasaki quiso regalar un incensario al emperador y encargó la pieza a Kame.

La artesana sintió tal responsabilidad que no empezó de inmediato. Cuando por fin trabajó, hizo un incensario extraordinario. Después de entregarlo, lo único que deseaba era verlo de nuevo. El emperador lo aceptó y lo conservó como un tesoro.

El humo del incienso, sin embargo, no se inclina ante nuestras preferencias. En un templo donde había muchas imágenes de Buda, una mujer quiso que el humo de sus varillas llegara sólo a la imagen que ella veneraba. Puso un embudo sobre el incensario para dirigirlo.

El humo llegó, sí, pero también ennegreció la cara de la imagen.

Así ocurre con la devoción cuando se vuelve posesiva: intenta separar su mérito y termina oscureciendo lo que ama.

Una mujer de Nagasaki intenta dirigir el humo de su incienso sólo hacia una imagen de Buda, hasta que su devoción posesiva termina manchando aquello que veneraba.

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